A veces vivir parece un deporte de riesgo emocional porque la mayor parte del tiempo debemos intentar no perder la dignidad mientras luchamos contra nuestra propia impotencia. Y no hablo de grandes tragedias existenciales… sino de cosas tan épicas como intentar abrir un bote de garbanzos y asumir que, efectivamente, hoy el bote ganará (y por ende, tú no comerás garbanzos salvo que te invite tu suegra), o de esos momentos en los que el ordenador decide colgarse justo cuando tú estabas en tu prime.
¿Casualidad o complot? Difícil tenerlo claro…
La impotencia a veces aparece así, sin avisar, como ese invitado pesado que al más puro estilo Mecano, allí se coló y en tu fiesta se plantó. Y cuando se cuela…, pues si, trae de la mano a su “best friend” el miedo, que a su vez viene del brazo con su inseparable “debilidad”, que a su vez trae a la voz interna que te dice “bufff… no puedo”. Una especie de matrioshka emocional, pero de las complicaditas de gestionar.
Lo curioso es que, si logras observarla con calma (o con resignación), quizás puedas darte cuenta de que la impotencia no siempre es tan dramática como parece. A veces es simplemente tu cerebro haciendo teatro, porque si puedes, aunque sea por mala leche o porque no te queda más remedio que intentarlo. Y ahí, te sientes como una superheroína (o superhéroe) de andar por casa, sin capa pero con un orgullo que no te cabe en el pecho.
No nos olvidemos que hay batallas que no se ganan: intentar que un bebé duerma cuando no quiere, pretender que el tráfico fluya porque tú tienes prisa, convencer a un gato de que respete las normas… quizás no son los mejores ejemplos pero eso no importa ahora mismo…
Lo que importa es subrayar que a veces la impotencia no se combate, se acepta, sea con humor (si es que te lo puedes permitir) o con un chocolate caliente, si es que no te apetece sonreír.
Y quizá ese sea el truco: entender que no controlar todo no es un fracaso, sino una forma bastante decente de seguir vivos sin explotar por el camino.
Y si mañana vuelves a sentirte impotente, pues bueno… ya decidirás si la combates, la abrazas o la ignoras.
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