Las charlas madre-adolescente son toda una fuente de inspiración. El otro día, sin ir más lejos, mi hija me dijo con absoluta naturalidad: "Mamá, es que a veces los profesores explican las cosas explicándolas demasiado."
Aunque mi primera reacción fue pensar que acababa de inventarse una frase digna de una campaña de marketing, la realidad es que acababa de refrescarme una pequeña lección de Psicología.
Y es que existe un fenómeno muy conocido, llamado fluidez cognitiva. En pocas palabras, este término se refiere a la facilidad con la que nuestro cerebro procesa una información. Cuanto menos esfuerzo mental requiere un mensaje, más familiar, más agradable, más creíble e incluso más correcto nos parece.
No es que nuestro cerebro sea vago. Es que es increíblemente eficiente y si puede ahorrar energía, la ahorrará. SIEMPRE.
Quizá por eso nos hacen tanta gracia ciertos anuncios que parecen escritos por alguien empeñado en que nadie, bajo ninguna circunstancia, pueda malinterpretar el mensaje:
"Colchones para dormir."
"Paraguas para la lluvia."
"Ataúdes para muertos."
Son frases que generan una sonrisa automática porque contienen una redundancia evidente. Técnicamente hablamos de pleonasmos, expresiones que aportan una información que ya estaba incluida en las palabras anteriores. Sin embargo, lo curioso es que nuestro cerebro no solo se ríe de ellas. También les presta atención.
La mayor parte de los mensajes que recibimos cada día desaparecen sin dejar huella. Son previsibles y el cerebro los filtra rápidamente para no saturarse. Pero cuando aparece algo ligeramente extraño sucede algo diferente. Por ejemplo, si leemos "colchones para dormir", nuestra mente se queda un instante desconcertada, porque, ¿para qué iban a ser los colchones?
Y aunque ese pequeño cortocircuito cognitivo dura apenas una fracción de segundo, es suficiente para que prestemos atención. Durante un instante, el cerebro pasa de funcionar en piloto automático a preguntarse qué demonios acaba de leer o escuchar. Y eso, precisamente, es lo interesante.
L@s psicólog@s sabemos desde hace tiempo que recordamos mejor aquello que rompe nuestras expectativas. Un mensaje perfectamente correcto suele atravesar nuestra atención como una gota de agua atravesando un paraguas. En cambio, un mensaje raro, torpe o ligeramente absurdo tiene muchas más posibilidades de quedarse con nosotros.
Y es que poc@s recuerdan un anuncio impecable, sin embargo, todo el mundo recuerda un anuncio extraño u original
Es como ese compañer@ de trabajo que siempre viste de forma discreta frente al que aparece un día con calcetines de flamencos rosas. Puede que no entiendas la elección, pero tu cerebro toma nota.
Sin embargo, la explicación no termina ahí.
La redundancia llama la atención y también genera una sensación de seguridad. Cuando una idea se repite, aunque sea de forma innecesaria, el cerebro interpreta de manera inconsciente que debe de ser importante.
Por eso decimos cosas como:
"Lo he visto con mis propios ojos."
"Quiero que quede perfectamente claro."
"Es una historia totalmente real."
Racionalmente sabemos que los ojos suelen ser propios, que claro ya significa claro y que real difícilmente puede ser medio real. Pero aun así esas expresiones nos transmiten una sensación adicional de certeza.
Es como si el cerebro pensara: “Ah, me lo están diciendo dos veces. Debe de ser importante."
La información apenas cambia.
La sensación de confianza sí.
De hecho, este mecanismo aparece constantemente en nuestras relaciones cotidianas.
A veces damos por hecho que hemos comunicado algo cuando en realidad solo hemos insinuado una parte. Decimos: "Me gustaría que ayudaras más en casa", cuando lo que realmente queremos decir es: "Me siento agotada y necesito tu ayuda".
Decimos: "Tenemos que hablar", esperando que la otra persona descifre un mensaje que ni siquiera nosotros hemos formulado del todo.
Y luego nos sorprende que no nos hayan entendido.
Curiosamente, muchas discusiones no nacen por exceso de palabras, sino por exceso de suposiciones.
Esperamos que nuestro interlocutor complete los huecos que dejamos, adivine nuestras emociones, traduzca nuestras indirectas e interprete correctamente nuestros silencios.
Y la comunicación humana, por desgracia, no suele incluir traductor automático ni narrador de comunicación no verbal. Por eso, en ocasiones, una pequeña redundancia bien utilizada resulta mucho más eficaz que una frase brillante.
"No necesito solo que me escuches; necesito sentir que me has entendido."
"No quiero verte únicamente; quiero compartir tiempo contigo."
"No estoy enfadad@ por esto concreto; estoy cansad@ de que ocurra siempre."
Puede parecer que estamos explicando algo que ya estaba implícito, pero en realidad estamos haciendo visible lo que antes estaba escondido. Y aquí aparece una paradoja fascinante, porque muchas veces, demasiadas, confundimos inteligencia con complejidad.
Pensamos que comunicar bien consiste en decir las cosas de forma sofisticada, elegante o sutil. Sin embargo, la comunicación más efectiva suele tener bastante menos glamour y consiste en decir exactamente lo que queremos decir sin paños calientes, sin maquillaje, sin acertijos y sin obligar a nadie a practicar la telepatía.
Al final, esos anuncios absurdos que nos hacen sonreír esconden una lección mucho más profunda de lo que parece. Nos recuerdan que el cerebro humano adora la claridad. Le gustan los mensajes fáciles de procesar, fáciles de recordar y difíciles de malinterpretar. Y quizá por eso la frase de mi hija tenía más sabiduría psicológica de la que parecía.
Porque sí, a veces los profesores explican las cosas explicándolas demasiado, pero también es verdad que gran parte de los problemas de comunicación aparecen cuando creemos que algo era tan evidente que no hacía falta explicarlo… Y resulta que sí hacía falta.
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