El poder oscuro del etcétera

Hay palabras que parecen inofensivas hasta que descubres que, en realidad, son auténticas trampas del lenguaje. El “etcétera” es una de ellas. 

A simple vista es un recurso práctico, un atajo con ánimo de “no voy a enumerar todo esto porque no acabaríamos nunca”. Pero la realidad, y especialmente términos emocionales, el “etcétera” puede convertirse en una herramienta de manipulación tan fina que ni te das cuenta de que te han borrado… hasta que ya no estás en la frase. 

Porque seguro que tú también has vivido ese momento en el que alguien enumera nombres, méritos o participantes y, justo cuando debería mencionar el tuyo, aparece ese  “etcétera”. Y ahí, en ese instante microscópico, ocurre algo psicológicamente enorme: desapareces del relato y lo peor es que te das perfectamente cuenta de ello.

Este fenómeno, aunque cotidiano, tiene raíces profundas en la Psicólogía del lenguaje. Martin Buber, por ejemplo, explicaba que las relaciones humanas se sostienen en la dinámica Yo‑Tú, donde el otro es un sujeto pleno, digno de ser nombrado. 

Cuando te sustituyen por un “etcétera”, pasas automáticamente a la categoría Yo‑Eso, un objeto difuso, intercambiable, prescindible. No es solo una omisión: es una señora despersonalización. Y si quieres hilar más fino, Gregory Bateson nos indicaba que ese “etcétera” es además una forma de omisión estratégica: un recorte del marco comunicativo que elimina justo aquello que el hablante no quiere reconocer… maquiavélico ¿verdad?

Bateson estudiaba cómo los mensajes no solo transmiten información, sino que también definen qué información queda fuera. Y pocas cosas quedan más fuera que un “etcétera” bien colocado.

Paul Watzlawick, añadiría que toda comunicación tiene dos niveles: el de contenido y el relacional. El contenido dice “etcétera”, pero la relación dice “no te doy un lugar”. Y ese sesgo relacional, a lo que él llamaba economía retórica con sesgo relacional, es lo que convierte una palabra inocente en un gesto de poder. No es lo que se dice, sino lo que se hace con lo que se dice. 

Derald Wing Sue, con su trabajo sobre microagresiones, abordaría este tema clasificándolo como una microinvalidación: una acción sutil que invalida tu presencia, tu aportación o tu identidad sin necesidad de un ataque explícito.


Lo interesante es que este uso manipulador del “etcétera” no solo aparece en la vida cotidiana, sino también en discursos públicos, cine y cultura popular. 

Por ejemplo, en “El lobo de Wall Street”, Jordan Belfort (DiCaprio) utiliza el “etcétera” en varias escenas para agrupar a los demás, como “los que no importan”, o “los que no están a su nivel”. 
Es un ejemplo claro donde “etcétera” no resume, sino que jerarquiza. 

En “El diablo viste de Prada”, Miranda Priestly usa un “etcétera” glacial para referirse al equipo que trabaja para ella sin dignarse a nombrarlos. Ese “etcétera” es una sentencia en donde el mensaje real es “no merecéis individualidad”. 

Por otro lado, en entrevistas reales, figuras como Donald Trump han utilizado el “etcétera” para evitar nombrar a personas o colectivos que no quiere legitimar, un ejemplo perfecto de cómo el lenguaje puede servir para evitar responsabilidad o diluir actores incómodos. 

En todos estos casos, el “etcétera” funciona como una goma de borrar emocional.

Si lo miramos desde la teoría de Erving Goffman, que estudiaba cómo presentamos nuestra identidad en sociedad, la cosa se vuelve aún más clara: ser nombrado es ser reconocido en el escenario social. 
Cuando te convierten en un “etcétera”, te están retirando del escenario sin avisar. Axel Honneth, con su teoría del reconocimiento, diría que esta omisión afecta directamente a la construcción de la identidad: sin reconocimiento, no hay autoestima social. (Dicho de otra manera, un “etcétera” puede parecer pequeño, pero simbólicamente es un guantazo con la mano abierta, pero sin mano.)

Lo más curioso es que tod@s, absolutamente tod@s, hemos usado el “etcétera” para evitar nombrar algo o a alguien. A veces por pereza, a veces por incomodidad, a veces porque nombrar implica asumir una responsabilidad emocional… Por eso el post de hoy no va solo de detectar manipulaciones ajenas, sino de mirarnos al espejo y preguntarnos cuántas veces hemos usado ese “etcétera” para no reconocer a alguien, para no agradecerle algo, para no enfrentar una conversación o para no admitir una verdad.

Y aquí viene lo práctico: y es se puede desactivar el “etcétera” manipulador. 

A veces basta con nombrar lo que falta ( “¿A quién te refieres exactamente con ese etcétera?”) o con pedir mayor claridad (“me ayudaría si concretases un poco más”), pero sobre todo, hay que estar atent@s para detectar patrones: si siempre te convierten en un etcétera, no es casualidad.

Al final, el “etcétera” no es el villano pero te da pistas de quién sí puede serlo. 

No lo olvides:

Nombrar es reconocer.
Reconocer es validar.
Y validar es cuidar. 

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