Hay un tipo de malestar muy concreto, muy fino, muy psicológico y muy universal: ese vacío incómodo que aparece cuando expresas con elegancia que algo te ha molestado, y la otra persona te responde como si le hubieras lanzado un ladrillo a la cabeza.
Tú no gritaste. No acusaste. No dramatizaste. Solo dijiste: “Oye, esto que pasó el otro día me hizo sentir un poco incómod@”.
Quizás hasta lo hiciste con mucho salero, de manera que fuera casi imposible pensar que estabas haciendo una crítica, sino una confesión en confianza y clave de humor (del bueno)… y la respuesta fue:
—“Bueno, si te lo tomas así, no sé qué decirte…”
—“Pues yo creo que estás exagerando.”
Y de repente te quedas pasmad@ pero esforzándote por disimular, con todo tu autocontrol, tu respiración diafragmática y tu diplomacia emocional… pero sintiendo cómo se te desinfla el alma como lo haría un globo de cumpleaños al día siguiente.
¿Qué está pasando aquí? Lo que ocurre tiene nombre técnico: disonancia empática.
Tú entras en la interacción desde la regulación emocional y la asertividad, y la otra persona responde desde la defensividad y la minimización.
Y esto tiene como consecuencias:
• Disforia social: que es ese malestar emocional por falta de sintonía con la otra persona.
• Incongruencia comunicativa: tu mensaje va a un nivel y la respuesta llega desde otro.
• Sentimientos de carga cognitiva extra: tienes que gestionar tu emoción y la reacción del otro.
• Autoevaluación excesiva: “¿Habré dicho algo malo?”, cuando en realidad lo dijiste impecable.
En resumen: tu cerebro está en modo adulto funcional, y el suyo parece estar en modo “no me toques mi ego que me desestabilizo”.
Piénsalo. Seguro que a ti también te ha asaltado ese vendaval que duele o molesta casi más que pisar una pieza de Lego descalz@. Quizás en el trabajo cuando te has esforzado por comunicarte siempre con el máximo respeto con alguien que se ha esforzado por no hacer ningún esfuerzo… quizás en tu ámbito más familiar o de amig@s…
¿ Y sabes por qué duele/molesta tanto?
Porque has hecho algo que requiere madurez emocional:
• Identificar tus emociones.
• Regularlas.
• Elegir el momento.
• Elegir las palabras.
• Comunicar sin atacar.
Y recibes a cambio una respuesta que no solo no acompaña, sino que te coloca en el rol de “persona problemática”.
Ese choque genera una sensación de vacío, una especie de “¿para qué me esfuerzo?”.
Pues voy a decirte cómo gestionarlo sin perder tu esencia y frenando tus ganas de mudarte a una cueva en una montaña lejana:
• Reafirma tu mensaje: “No estoy diciendo que lo hicieras mal, solo comparto cómo me sentí”.
• No compres la narrativa ajena: que el otro se incomode no significa que tú hayas hecho algo mal.
• Recuerda el principio básico de la Psicología interpersonal: cada uno responde desde su nivel de desarrollo emocional.
• Pon límites sin perder el humor: “Tranquil@, no te estoy atacando,… aquí no suenan los tambores, como mucho una pandereta”.
• Valida tu propio esfuerzo: comunicarse bien es un acto de autocuidado, aunque el otro no lo entienda.
Y créeme. Tu inteligencia emocional no es el problema.
El problema es que no siempre es correspondida.
Pero eso no invalida tu forma de comunicar: la dignifica.
Y sí, a veces eso genera disforia.
Pero también genera relaciones más sanas, más honestas y más humanas.
(Y no lo olvides, quien no te aporte , que se aparte).
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