Los hipocorísticos son esos nombres cariñosos, abreviados o directamente mutados que usamos cotidianamente para nombrar a alguien sin necesidad de invocar su partida completa de nacimiento. Y aunque solemos asociarlos más a nuestras tías “Mari”, “Pili” o “Tere”, y a nuestros amigos “Rafa”, “Guille” o “Toni”, lo cierto es que los grandes de la Psicología también tuvieron sus denominaciones íntimas. Y algunas son tan jugosas que merecen un lunes como el de hoy dedicado a ellas.
Empecemos por Sigmund Freud, a quien en su círculo cercano llamaban “Sigi”. Cuentan que cuando estaba concentrado escribiendo, podía ignorar cualquier cosa… excepto cuando alguien le llamaba “Sigi” con tono de madre cabreada. Entonces levantaba la cabeza como un niño pillado en falta. Si, podríamos decir que el padre del psicoanálisis, podía domesticar su atención mediante el uso de un diminutivo.
Carl Gustav Jung tampoco se libró. En su familia era “Carly”, y aquí viene lo divertido: de joven hacía imitaciones para entretener a sus hermanas. Una vez, en una reunión académica muy seria, una de ellas entró sin darse cuenta y le soltó un espontáneo “Carly, ¿has visto mis agujas de coser?”. Los presentes se quedaron petrificados. Jung, imperturbable, respondió: “No, pero puedo analizar dónde podrían estar”. Y siguió como si nada mostrando un excelente nivel suizo de compostura.
Albert Ellis, creador de la Terapia Racional Emotiva, era “Al” para sus amigos. Él mismo fomentaba el apodo porque decía que la gente se enfadaba menos con “Al” que con “Albert”. “Un nombre corto reduce la distancia emocional”, decía. Quizás en su caso así fuera…
Luego está Lev Vygotsky, “Lyova” para su familia. Una anécdota poco conocida: de niño era tan precoz que sus padres le escondían los libros para que jugara un poco. Él los encontraba igualmente. Un día, su madre le gritó desde la cocina: “¡Lyova, deja de leer y ven a comer!”. Él respondió: “Estoy en mi zona de desarrollo próximo, mamá”. Tenía once años. Once. Podríamos decir que la Pedagogía soviética empezó fuerte.
Fuera del ámbito de la Psicología, también hay hipocorísticos gloriosos. Gabriel García Márquez era “Gabo”, pero detestaba que lo llamaran “Gabito”. Decía que sonaba a niño que no había hecho los deberes.
Friedrich Nietzsche era “Fritz” para los amigos, y sus alumnos lo llamaban “Fritzchen” (“Fritzito”) a sus espaldas porque siempre llegaba con el abrigo lleno de papeles y cara de haber discutido con el universo. El autor de Así habló Zaratustra, fue ese primer profe despistado del siglo XIX.
En el deporte, “Nole” para Novak Djokovic nació porque de pequeño no podía pronunciar su propio apellido y decía algo parecido a “Djókovich-no-le-sale”. El apodo ahí se le quedó. Y “Lucho” para Luis Enrique viene de su infancia en Gijón, donde decían que era “luchador hasta para comerse el bocadillo”…
Quizás sería interesante saber si a estas personas les gustaba la manera en que íntimamente se referían a ellos o si por el contrario sufrían microinfartos emocionales al escucharlos…
Porque sí, hay gente que oye un “Tere” y piensa: “¿Por qué me suena a que me estuvieran llamando desde un campamento de verano?”. Por ejemplo, Jane Austen odiaba que la llamaran “Jenny”. Lo consideraba “demasiado blando o insignificante para una mujer que escribe”.
Franz Kafka detestaba que lo llamaran “Franzi” porque le sonaba a alguien que nunca terminaría un manuscrito. Aunque él tampoco lo terminó nunca (y no por culpa de su apodo)…
¿La moraleja de todo esto? Que los hipocorísticos nos recuerdan que detrás de cada teoría, cada libro y cada figura hay una persona real, con familia, amigos que un día decidieron (puede que sin tu consentimiento) que usarlos era más cómodo, más cariñoso y más cercano. Sin embargo, cabe destacar que un nombre completo no tiene por qué ser frío o distante… tu nombre te representa y te puedo asegurar que no te aleja de nadie.
Así que, para este lunes, te propongo un pequeño ejercicio psicológico: piensa en tu propio hipocorístico… ese que conoces, y piensa si realmente te gusta.
Si no es así, reivindica el tuyo propio, ese con el que si te gustaría que te apodaran o defiende tu derecho a ser mencionad@ con orgullo por tu nombre.
Porque, al final, la Psicología también es eso: recordar que somos personas antes que conceptos, y nombres antes que diminutivos.
Y si hoy te está costando arrancar la semana, haz como haría Sigmund: respira hondo, analiza el origen del malestar… y date permiso para reírte un poco de ti mism@. Que para eso también están los lunes.
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