Con motivo del día mundial de la voz hoy os traigo un post sobre la importancia de hablar con un@ mism@.
Hablar con un@ mism@ tiene mala fama, pero es una de las pocas cosas que hacemos a diario que realmente están trabajando a nuestro favor.
No se trata de un síntoma de locura ni un rasgo excéntrico: es una estrategia de regulación emocional tan eficaz que, si la pudiéramos vender en frascos, tendría más éxito que cualquier suplemento de moda.
Porque cada vez que murmuramos “venga, respira, que no pasa nada”, no estamos haciendo un comentario al aire, sino que estamos modulando la actividad de nuestro sistema nervioso, calmando a nuestra amígdala, activando nuestro nervio vago y devolviendo a nuestro cuerpo la sensación de seguridad que había perdido por culpa de un correo, una duda existencial o una llamada que no nos dio tiempo a atender.
Como ya comenté en algún otro post, la amígdala es esa alarma interna que salta incluso cuando solo se nos ha caído una gota de café en la camisa.
Es rápida, impulsiva y también un poco exagerada.
Su misión es mantenernos vivos, pero a veces interpreta como amenaza cosas que no lo son.
Por eso, cuando nos estresamos o nos entra ansiedad, esta empieza a gritar “¡peligro!” como si estuvieramos escapando de un ataque de tigre, cuando en realidad solo estemos intentando llegar puntual a una reunión.
Y aquí es donde nuestra voz entra en escena (o debería) como una especie de negociadora interna.
Cuando decimos en voz alta “estoy nervios@, pero estoy a salvo”, nuestra corteza prefrontal, que viene a ser la parte sensata del cerebro, se activa y le envía un mensaje claro a la amígdala: “relájate, que no estamos en Jumanji”. Y aunque la amígdala sea de tendencia dramática, lo cierto es que obedece.
Mientras tanto, el nervio vago, ese héroe silencioso del sistema parasimpático, escucha atentamente.
Es el encargado de bajar nuestras pulsaciones, relajar nuestros músculos y recordarle al cuerpo que no hace falta vivir en modo persecución.
Otro aspecto curioso que deberíamos poner en valor es que nuestra voz, cuando hablamos despacio y en tono amable, tiende a sincronizarse con nuestra respiración. Y cuando respiramos más profundamente, el nervio vago se nos activa como si alguien hubiera pulsado un botón interno de “modo zen”.
De repente, nuestro corazón baja el ritmo, nuestros hombros se aflojan y el cuerpo recibe el mensaje de que puede dejar de estar en alerta.
La combinación de hablar y respirar es casi coreográfica. La respiración profunda regula el cuerpo; el habla autodirigida regula la mente, y juntas forman un circuito perfecto de regulación emocional.
Es como si tuviéramos dos mandos: uno para bajar la activación fisiológica y otro para ordenar el caos mental. Cuando los utilizamos a la vez, ocurre algo que la neurociencia conoce muy bien: la ansiedad pierde fuerza, el pensamiento se ralentiza y la sensación de control vuelve a aparecer como si nunca se hubiera ido.
Y luego está la soledad emocional, esa que no tiene nada que ver con estar solo, sino con no sentirse visto.
En esos momentos, hablar contigo mismo no es un acto extraño, sino un acto de autopresencia.
Decirte “estoy contigo, vamos paso a paso” no es cursi ni ingenuo: es activar circuitos de consuelo, de seguridad y de conexión interna, y es recordarte que, incluso cuando el mundo no te escucha, tú sí puedes hacerlo.
Por eso hablar con un@ mism@ no tiene por qué significar que hayas perdido un tornillo, sino que has adquirido una herramienta de regulación emocional completa: calma la amígdala, activa el nervio vago, sincroniza la respiración, ordena el pensamiento, reduce el estrés y te acompaña cuando la vida se pone intensa.
Habrá quien hable de magia pero realmente es biología emocional funcionando en tu favor.
Así que la próxima vez que alguien te vea murmurando “venga, respira, que tú puedes”, no te disculpes. Estás haciendo algo que much@s no se atreven: usar tu propia voz como refugio.
Y eso, sinceramente, es de gente muy cuerda.
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Estaré encantada de leer tus comentarios.
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