La soledad, cuando no es elegida, es como ese vecin@ al que apenas conoces pero que siempre coincide contigo en el ascensor y te habla del tiempo mientras mira alternativamente sus zapatos y los tuyos... incómodo pero inevitable.
Y es que no sabes cómo evitarlo, no lo puedes ignorar, no te cae especialmente bien (conste en acta que hablo de la soledad no elegida), pero ahí está, acompañándote hasta el bajo sin que tú hayas tenido opción al derecho de admisión.
Lo peor es que esta soledad no siempre aparece cuando estás físicamente sol@. A veces estás rodead@ de gente, en una cena, en la oficina, en una fiesta, en el metro en hora punta… y aun así sientes ese vacío raro, como si estuvieras en modo “invitad@ fantasma”.
Todo empieza con pequeñas señales:
- Un día te sorprendes diciéndole “gracias, cariño” al Roomba porque esquivó tus zapatillas.
- Otro día te das cuenta de que llevas tres fines de semana seguidos diciendo “bueno, ya haré planes la semana que viene”.
- Y luego llega ese pensamiento universal que nos visita (o puede hacerlo) a tod@s en algún momento: “¿Soy la única persona en España que no tiene vida?”.
¡Pues tranquil@! Porque la mitad de la población improvisa y la otra mitad finge que improvisa (pero con más estilo).
Otra “habilidad” de la soledad no elegida es convencerte de que pedir ayuda significa molestar: sientes como si tus amig@s estuvieran ocupadísimos gestionando asuntos de Estado y tú fueras a interrumpirles por una nimiedad imperdonable como “charlar tres minutos”, “pedir un abrazo” o “salir a contar farolas al parque acompañad@”.
Y por no cruzar ese límite imaginario, te vas sintiendo cada vez más irritable, más triste o más desconectad@, hasta que, sin darte cuenta, te pones en modo avión sin avisar.
No es que seas intens@; es que eres human@, que puede ser mucho más difícil de gestionar.
Afortunadamente, hay formas de que esta soledad pegajosa no te arrastre al temido agujero negro emocional, ese donde el eco te responde recriminándote “te lo dije”.
La buena noticia es que no hace falta que te conviertas en yogui ni que empieces a beber batidos verdes que saben a césped mojado. Basta con hacer cosas pequeñas: un paseo de diez minutos, una llamada a alguien que te cae bien, dedicar cinco minutos a alguna actividad que te guste.
La épica está sobrevalorada.
La constancia, no.
También ayuda rodearte de “humanidad de mantenimiento”: la panadera que siempre te sonríe, el vecino que te da siempre los “buenos días” , el compi de trabajo que te pregunta por tu finde aunque no le importe demasiado… No necesitas encontrar a tu alma gemela; con un par de almas simpáticas es más que suficiente.
Y cuando tu cerebro empiece con su discurso catastrofista, ese cuñado interno que todos llevamos dentro, puedes contestarle asertivamente con un elegante “mira, hoy no”.
No se trata de ignorar lo que sientes, sino de evitar que el pensamiento más dramático sea el que lleve el volante.
Recupera actividades que te recuerden quién eres: música que te hacía sentir viv@, hobbies que dejaste porque “no había tiempo”, cosas que te conectan contigo sin necesidad de filtros ni expectativas. Y si ves que la cosa se complica, pedir ayuda no es ningún fracaso: es como llevar el coche al taller antes de que empiece a hacer ruidos raros; sensato, práctico y mucho menos caro que ignorar el problema.
Mientras tanto, puedes acompañarte con historias que te hagan sentir menos sola:
1. La serie Fleabag. Perfecta para reírte de la vulnerabilidad humana sin sentirte un bicho raro.
2. La película Her. Nos recuerda que la conexión es complicada incluso cuando parece fácil.
3. La serie Valeria. Ligera, cercana y perfecta para esos días en los que te sientes sol@ incluso estando rodead@ de gente. La protagonista vive rodeada de amigas, pareja y planes… pero aun así se siente perdida y desconectada. Por eso funciona tan bien: te recuerda que no eres la única persona a la que esto le sucede (con humor, caos y mucha humanidad).
4. El libro “El arte de amar” de Erich Fromm, que nos explica que el amor empieza por uno mismo (aunque suene a frase de taza de Mr. Wonderful).
5. El libro de Michael Harris “Soledad”; una reflexión preciosa y muy actual sobre la soledad moderna.
Al final, lo más evidente, y lo que más nos cuesta aceptar, es que no hay que poder con todo uno mismo.
La soledad no elegida no es un fallo personal; es una experiencia humana, y, como todo lo humano, se puede acompañar, trabajar y transformar, incluso cuando el sentido común nos dice cosas que luego olvidamos en cuanto la vida se pone cuesta arriba.
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