Personas que aparecen, desaparecen y te dejan mirando al cielo…

Hace un par de días hablaba con una amiga sobre lo difícil que es hacer cosas sola cuando, en realidad, lo que te apetece es hacerlas con alguien. 

No por dependencia, porque mi amiga es de esas personas resolutivas que podrían sobrevivir en una isla desierta con un mechero y un clip, sino porque, a veces, cuando tienes pocos ratitos libres, quieres compartirlos con alguien que te importa.

El problema aparece cuando ese alguien, justo en esos momentos en los que tú sí puedes compartir tiempo con él, despliega el argumentario clásico: “estoy cansado”, “hoy no me apetece”, “ahí ya hemos estado”, “esa peli ya la he visto”,  “mejor otro día”… Lo que sea. 

Paradójicamente, cuando es él quien propone algo, aunque tú estés sin tiempo, sin hueco, o sin vida, tú sueltas lo que tengas que soltar, cancelas lo que haya que cancelar y vas donde haya que ir, aunque diluvie, truene o haya señales claras de apocalipsis.

Y aquí hago un inciso necesario: en este texto hablo de él porque la conversación con mi amiga giraba en torno a un hombre. Pero que nadie se confunda: mujeres así “haberlas, haylas”.

La alergia al compromiso no distingue entre cromosomas. Lo que sí distingue es el estilo: algunos huyen en zapatillas, otras en tacones, pero la velocidad suele ser la misma.

Volviendo al tema: aquella conversación me hizo recordar cuántas veces he escuchado historias parecidas, y todas con un denominador común: convivir, o simplemente intentar coordinar la vida con alguien que le tiene miedo al compromiso en cualquiera de sus formas, es como vivir con un globo aerostático. Precioso cuando está cerca, emocionante cuando se eleva… pero jamás sabes cuándo va a soltar lastre y desaparecer entre las nubes, mientras tú te quedas ahí abajo, preguntándote si volverá a bajar o si ya estará saludando desde otra atmósfera.


Piénsalo.

Cuántas personas conoces que no son pareja, ni amigos íntimos, ni compañeros de trabajo especialmente cercanos, pero que ocupan un espacio emocional tan intenso que parece que sí lo fueran.... hasta que una de las partes pide algo tan inocente como puede ser continuidad... Entonces a la otra parte se le activa un mecanismo ancestral, casi biológico, que le grita: “¡Huye! ¡Te quieren atar con una cuerda invisible llamada expectativa!”. Y claro, sale escopetad@ como si les hubieran propuesto matrimonio, convivencia, hipoteca, plan de pensiones y nicho en el cementerio, todo en la misma frase.

Convivir con alguien así, se parece mucho a esa historia tan común del “querid@ improbable”, ese ser que aparece cuando siente que te estás alejando, desaparece cuando siente que te estás acercando demasiado y vive en un equilibrio emocional tan delicado que cualquier gesto tuyo, repito, cualquier gesto, puede interpretarlo como un intento de atraparlo en un compromiso. 

Tú dices: “¿Repetimos este plan la semana que viene?” y él/ella interpreta: “¿Te parece si fusionamos nuestras vidas, nuestras agendas y quizá nuestros apellidos?”. Y claro, se esfuma.

Lo más desconcertante es que, cuando está presente, es encantador/a: te mira, te escucha, te promete cosas que suenan preciosas… pero que tienen la misma consistencia que una pompa de jabón. 

Y tú, que eres un ser humano, te lo crees (¡te lo quieres creer!). ¿Cómo no creer a alguien que te dice que quiere intentarlo todo contigo? 

Suena tan bonito, se siente tan bonito… hasta que, al día siguiente, descubres que ha desaparecido con la misma elegancia con la que un mago hace desaparecer una paloma. Sin ruido, sin explicaciones, sin despedirse. Solo… un ¡puf!

Y lo más “divertido”, si es que decides tomárselo con humor para no perder la cordura, es que en realidad no sabes nada de él/ella.

NA-DA. (Si, asúmelo).

Puedes haber compartido horas de conversación, pero no sabes si desayuna Cola Cao o Nesquik, si es de playa o de montaña, si prefiere Coca-Cola o Pepsi… Solo conoces la versión “modo visita”: amable, correcta, sin aristas, sin un solo “no” que pueda poner en riesgo su permanencia en tu vida. Porque para él/ella, decir “no” es hasta más peligroso que decir “te quiero”.

Y un día, cuando ya has rehecho tu vida y reconstruido tu autoestima, reaparece. Y nunca vuelve discret@, vuelve épic@ y entonando discursos que harían llorar a un guionista de telenovelas: “Eres la mujer/el hombre de mi vida”, “esta vez sí”, “quiero intentarlo todo contigo”… (¿Te suena?)

Entonces tú, que ya habías guardado e incluso perdido aquel libro, te encuentras otra vez dentro de la trama que tiene el mismo final porque él/ella volverá a desaparecer. 

Y es que prometer es fácil; sostener, no tanto.

Lamentablemente este patrón no es exclusivo del romance. 

También existe el/la compañer@ de trabajo que se entusiasma con un proyecto siempre que no implique reunirse dos semanas seguidas, o el/la amig@ que te adora siempre que no le pidas quedar varias veces en el mismo mes….

La nuptofobia/gamofobia, en su versión ampliada, es un miedo a la permanencia, a la responsabilidad afectiva, a la posibilidad de que alguien espere algo de ti. Y convivir con personas así, desgasta, no porque sean malas personas, sino porque te obligan a vivir en un presente continuo donde el futuro es un rumor incierto.

Sin embargo, estas experiencias tienen un valor inesperado: te obligan a mirarte también a ti, a preguntarte qué esperas, qué necesitas, qué te hace quedarte y qué te hace marcharte.

Si eres tú quien se reconoce en estas líneas como ese ser, quizá pueda hacerte sonreír un poco. No eres ningún/a villan@ emocional, solo tienes un radar muy sensible que se activa cuando hueles a compromiso. Y aunque no puedo decirte que esté bien que actúes así, si eres capaz de reconocerte y sentir algo de empatía por el/la pobre que se queda colgad@ en tus manos, ya es el primer paso para que ese radar deje de confundirte a ti y sobre todo a l@s demás.

La pregunta que queda flotando es sencilla y profunda a la vez: ¿qué tendría que pasar para que dejaras de percibir el compromiso, sea del tipo que sea, como una trampa?

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