El algoritmo de las emociones…

Hay algo tan fascinante como inquietante en cómo hemos dejado que la tecnología se convierta en ese compañero que siempre está “a mano”. 

Nos despierta, nos recuerda cuándo beber agua, nos sugiere qué ver, qué comprar, qué sentir y hasta qué podría preocuparnos mañana. 

Y lo hace con una seguridad pasmosa, como si realmente nos conociera. Pero claro, lo que conoce no es a nosotros, sino a nuestras huellas digitales, que no es lo mismo que nuestra esencia, aunque a veces pueda parecerlo.

Y aquí vuelve a resonar aquella pregunta que planteé hace ya un tiempo: ¿preferimos algo personal o algo personalizado?, porque hoy, más que nunca, la frontera entre ambas cosas se ha vuelto difusa. 


Lo personalizado es cómodo, eficiente, podríamos decir que casi mágico. Nos pone delante justo lo que “queríamos”… o lo que creemos que queremos. 

Y como acierta muchas veces, le damos crédito. 

Y como le damos crédito, le damos espacio. 

Y como le damos espacio, empieza a ocupar rincones que antes eran exclusivamente humanos.

Mientras tanto, lo personal, lo de verdad, sigue ahí, pero requiere algo que la tecnología no nos pide: presencia, tiempo, vulnerabilidad. 

Un abrazo no se puede programar. 

Una carcajada no se puede predecir. 

Una conversación honesta no se puede optimizar. 

Lo personal es torpe, imperfecto, imprevisible… y por eso mismo es tan valioso.

La Psicología lleva tiempo advirtiendo que, si no prestamos atención, podemos acabar confundiendo la comodidad de lo personalizado con la profundidad de lo personal. 

Y no porque la tecnología sea “mala”, sino porque es tremendamente buena en lo que hace: facilitarnos la vida. 

El riesgo está en que, entre tanta facilidad, olvidemos ejercitar los músculos emocionales que solo se fortalecen en contacto con otros seres humanos.

Quizá el reto de esta época no sea elegir “tecnología sí o tecnología no” sino recordar que lo personalizado puede acompañarnos, pero lo personal es lo que nos sostiene. 

Que podemos usar IA para organizar la vida, pero no para vivirla, y que podemos dejar que nos recomiende una película, pero no que nos enseñe a sentir.

Y al final, la pregunta sigue siendo la misma, pero ahora con un matiz nuevo: ¿qué parte de tu vida quieres que siga siendo tuya, impredecible, humana… y deliciosamente personal?

Me intriga saber qué te gustaría explorar a partir de aquí: ¿la parte emocional, la parte social o la parte tecnológica de este equilibrio?

Estaré encantada de leer tus comentarios.


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