Crónica de una mañana épica

Ser madre o padre es como ser protagonista de una serie de acción emocional con presupuesto limitado y sin guion. Y hay días como por ejemplo el que yo viví ayer, en los que todo empieza con una escena digna de los premios Oscar al mejor Drama Infantil.

Tú te despiertas con la mejor de tus intenciones: vestir, lavar, peinar, alimentar… Pero tu/tus pequeñ@(s) ha(n)decidido que no hay ganas. 
Toca resistencia activa, y eso implica llantos amargos, pataletas, gritos, manotazos a mamá y una coreografía de evasión que ni Matrix.

Intentas razonar. Fracasas. 
Intentas distraer. Fracasas. 
Intentas respirar hondo y aplicar todo lo que aprendiste en ese curso de parentalidad positiva consciente que hiciste en un momento de optimismo. Fracasas (con certificado).

Y mientras el/la pequeñ@ gremlin se esconde debajo de la mesa o te lanza el cepillo como si fuera una declaración de guerra, tú te preguntas si esto es normal. Pues lamentablemente, sí, lo es. Pero eso no lo hace menos agotador.

Después de sudar más que en una clase de spinning para vestirles (nadie ha dicho que bien), o para peinarles (aunque quizás no lo parezca), logras salir de casa, pero no llegas…


Llegas tarde al cole, tarde al trabajo, y lo peor, tarde a ti misma. 

Y lo peor… que alguien me explique cómo encajar ese momento cuando por fin los dejas en la puerta del cole, les recoge la profesora y ellos entran felices, tranquilos, como si nunca hubiera ocurrido nada, ni hubieran protagonizado minutos antes una escena digna de El Exorcista versión preescolar…

No sé vosotr@s pero a mi ayer se me quedó cara de Sara Montiel entonando aquello “¿pero qué invento es esto?”

Sales del cole, tomas rumbo al trabajo y entonces, cuando por fin estás sola, te entra el famoso reventón hidráulico. 
Lloras. Y no es por debilidad, sino por descompresión: primero porque sostener tanto sin romperte es una experiencia realmente extrema; segundo porque amar también cansa y tercero porque ser madre/padre es una heroicidad cotidiana que no sale en los currículums (y debería).

“¿Sabe usted trabajar bajo presión?” 
Sin duda alguna.
“¿Es capaz de gestionar situaciones de conflicto?” Claramente lo hago (lo hacemos)…

Hoy, mucho más serena que ayer, y con la constatación de que todos los madrugones no son malos (si, hoy todo salió bien) os diré algo que en el fragor de la batalla se nos olvida: los niños no se levantan “mal” por fastidiarnos.
A veces están regulando emociones, y otras veces simplemente están cansados de ser funcionales.

Si en algún momento te has fustigado pensando que lo estás haciendo fatal, te diré que tu miedo a equivocarte y o hacerles mal cuando más intentas hacerlo lo mejor que puedes y sabes, es señal de que tienes conciencia emocional. Y eso ya te convierte en la/el mejor madre/padre que pueda tener.

Y si alguna vez tú tienes también algún reventón hidráulico, no pasa nada. No es que hayas fallado. Es tu cuerpo diciendo: “Gracias por no explotar cuando tocaba sostener.”

Por cierto, de mis reflexiones personales para mí misma he ideado el siguiente plan de contingencia por si se repitiera la historieta. Os lo dejo por aquí por si a vosotr@s os pueda servir de ayuda también:

1. Prepárate emocionalmente como si fueras a una batalla medieval. No por violencia, sino por estrategia.
2. Como decían en el Equipo A, “me encantan que los planes salgan bien” así que habrá que idear un plan B para los días “no colaborativos”: ropa fácil, desayuno portátil y peinado estilo Mecano en “hoy no me quiero levantar”. 

Y sobre todo, recuerda: si tus hij@s entran al cole como si no hubieran roto un plato… es porque tú les has enseñado que, incluso en el caos, hay amor.

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