Réquiem por la empatía



A veces  pienso que hemos normalizado demasiado hablar de las tragedias desde la distancia. Convertimos el dolor en cifras, en titulares, en ruedas de prensa, en estrategias de comunicación. Y, sin embargo, hay momentos en los que una noticia consigue atravesar la pantalla y llegar hasta ese lugar incómodo donde habita la vulnerabilidad humana.

Eso me ocurrió ayer al seguir las noticias de este trágico accidente ferroviario.

Yo no iba en ese tren. Por suerte, no tengo familiares ni amigos entre las víctimas. Mi vida no ha quedado directamente marcada por ese recorrido que terminó en tragedia. Y aun así, me he retorcido de dolor en casa viendo las imágenes, escuchando a personas que habían sobrevivido relatar el horror vivido en cuestión de segundos, escuchando a familiares que buscaban desesperadamente noticias de sus seres queridos sin saber si estaban heridos, atrapados o algo peor… escuchando la angustia de quien esperaba una llamada que no llegaba o de quien repetía nombres una y otra vez con la esperanza de obtener alguna respuesta.

También escuché al alcalde de ese pequeño municipio de Toledo, al presidente de Castilla-La Mancha, a representantes de la Comunidad de Madrid, a dirigentes políticos inmersos en plena campaña, al presidente del Gobierno, al Rey…

Escuché a periodistas intentando informar en medio del caos, a ciudadanos que ese mismo día estaban movilizados por otros motivos y que, de repente, vieron cómo todo quedaba eclipsado por una tragedia infinitamente más grande que cualquier reivindicación.

Y mientras escuchaba a unos y a otros, no podía dejar de pensar en una vieja expresión inglesa que hemos importado casi sin darnos cuenta: "maquillar a un cerdo". Cambiar el aspecto exterior de algo sin alterar su verdadera naturaleza.

Porque hay momentos en los que las palabras parecen elegidas con un cuidado extraordinario, pero ese cuidado no siempre está destinado a proteger a quienes sufren, sino que a veces parece destinado a proteger otra cosa.

Me llamó especialmente la atención una idea repetida durante estos días. Ante preguntas sobre posibles dimisiones o responsabilidades políticas, se respondió que en esos momentos no se estaba pensando en uno mismo.

Y quizá sea una reflexión injusta. O quizá no. Pero me resultó imposible no percibir una contradicción.

Porque cuando alguien afirma que no está pensando en sí mismo mientras dedica buena parte de su energía a explicar por qué no debería hablarse de su continuidad, de su responsabilidad o de las consecuencias que podrían afectarle personalmente, da la impresión de que precisamente eso ocupa una parte importante de su pensamiento.

Los seres humanos utilizamos mecanismos de defensa para proteger nuestra imagen cuando nos sentimos amenazados. Todos lo hacemos. Negamos, justificamos, desplazamos, proyectamos. Son estrategias humanas. No políticas. Humanas.

Por eso, cuando observo la necesidad casi inmediata de buscar explicaciones, encontrar responsables bajo cada piedra o señalar cualquier dirección posible para alejar el foco de uno mismo, me pregunto si no estaremos asistiendo a uno de esos mecanismos a gran escala.

Investigar es imprescindible.

Conocer las causas es una obligación.

Exigir responsabilidades, cuando corresponda, y a quien corresponda, es más que necesario.

Pero una cosa es investigar y otra distinta parece ser iniciar una carrera frenética para demostrar que la responsabilidad siempre pertenece a otro lugar.

Mientras tanto, las víctimas siguen existiendo.

Las familias siguen existiendo.

El dolor sigue existiendo.

Y el dolor tiene algo profundamente incómodo: no entiende de argumentarios.

No distingue entre ideologías.

No sabe de campañas electorales.

No entiende de competencias administrativas.

El dolor simplemente está ahí.

Quizá por eso me produjo una sensación extraña escuchar tantos discursos y tan pocas palabras capaces de detenerse en el sufrimiento sin añadir inmediatamente un "pero".

Porque tal vez la respuesta más humana ante una tragedia no sea explicar, justificar ni defenderse. Tal vez sea callar un segundo más de lo habitual y recordar que, mientras nosotros debatimos sobre responsabilidades, hay personas intentando reconocer a un familiar, localizar a un ser querido o aprender a vivir con una pérdida que nadie debería tener que asumir.

Y ahí es donde vuelvo a la expresión inicial.

Maquillar un cerdo consiste en confiar en que una apariencia más amable cambie la realidad.

Pero hay realidades que no admiten maquillaje.

Una tragedia seguirá siendo una tragedia.

Una víctima seguirá siendo una víctima.

Y una familia rota seguirá necesitando verdad, respeto y empatía, no porque eso resuelva su sufrimiento, sino porque al menos evita que se sientan invisibles.

Quizá la grandeza de las instituciones, de los líderes y de cualquiera de nosotros no se mida por nuestra capacidad para construir relatos, sino por nuestra capacidad para permanecer frente al dolor ajeno sin convertirlo en una conversación sobre nosotros mismos.

Porque hay momentos en los que la pregunta no es quién saldrá políticamente indemne. La pregunta es mucho más sencilla y mucho más humana: si hemos sido capaces de mirar a las víctimas a los ojos, aunque solo sea a través de una pantalla, y recordar que ellas eran, y siguen siendo, lo único verdaderamente importante.

Y, por encima de cualquier reflexión que pueda hacer en estas líneas, quiero terminar enviando todo mi respeto, mi cariño y un abrazo sincero a quienes están sufriendo las consecuencias de esta tragedia. 

Como tantas otras personas que hemos seguido los acontecimientos desde nuestras casas, solo puedo imaginar una mínima parte del dolor, la incertidumbre y el vacío que muchas familias están atravesando. 

Ojalá encuentren verdad, justicia, apoyo y el acompañamiento necesario para recorrer un camino que nadie debería verse obligado a transitar. Mi pensamiento está con todas ell@s.



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